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- " EL INSPECTOR "
VERSION Y DIRECCION VILLANUEVA COSSE VESTUARIO DANIELA TAIANA ESCENOGRAFIA E ILUMINACION TEATRO GENERAL SAN MARTIN - 2000 |
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FICHA ARTISTICA
ELENCO
Jorge
Graciosi,
Carlos Kaspar
MUSICA ORIGINAL:
ILUMINACION: VESTUARIO Y
MAQUILLAJE ESCENOGRAFIA
DIRECCION
PRODUCCION TEATRO SAN MARTIN |
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PROPUESTA
ESCENOGRAFICA de Tito Egurza
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obra de Gogol 'El Inspector" escrita en 1836, comedia satírica
sobre
la corrupción instaurada en el poder, a pesar de su siglo y
medio
de antigüedad conserva, desgraciadamente, una actualidad que en la
Argentina
y en el resto de casi todo el mundo, permanece con una vigencia
apabullante.
El humor, a la manera de una comedia de equívocos, conserva su eficacia en esta versión de Villanueva Cosse. La
búsqueda, para la puesta en escena de este espectáculo,
estuvo
dirigida en primer lugar a la "teatralidad" (un gran juego teatral) y
fundamentalmente
a lograr una dinámica, que con ciertas libertades
anacrónicas
(que acentuarán la atemporalidad del tema) permitiera "contar",
en
forma entretenida, esta obra de casi tres horas de duración.
SOLUCIONES
FORMALES La propuesta escénica, la
estructura
de la obra dividida en 5 actos, la intensión de poner de
manifiesto
el delirio de sus personajes, etc., trajo como resultado el planteo de
un
dispositivo escénico que permitiera configurar los distintos
espacios
mediante movimientos escenográficos tradicionales a la manera de
"decorados"
(bastidores jugados desde parrilla) y diferentes configuraciones, en
altura
de pisos con una escalera central fija.
4 DE LAS 15 POSICIONES DIFERENTES Espacialmente se moduló en altura con patas-bambalina (especie de rompimientos geométricos) creando "cajas" perspectivadas cuyo cierre parcial (bastidores) delimitaban la acción. ROMPIMIENTOS EN 4 "CAJAS"
Se puso énfasis en un estilo de
imagen
(con libertades no realistas) de las representaciones de principio del
900
con pasacalles y candilejas incluidas. DISEÑOS DE "BROCATOS" La realización de estos
"brocatos"
se baso en un diseño hecho en computadora y posteriormente
ploteados
(plotter de 5m de carro) sobre loneta plástica mate. Excepto los
6
bastidores que aparecen al promediar el 5to acto, en dorado rojo y
negro,
que fueron realizados a mano en los talleres del teatro.
El piso de la escena se consiguió con un uso mixto de practicables de hierro y tapas de madera forrados en pana negra y las silletas mecánicas que mediante un sector fijo central, ocupado por la escalera, permitía mover los laterales con los practicables, para conformar los niveles de cada escena ESQUEMA DE PLANTA
Los rompimientos se forraron en tela gris que permitiera colorearlos alternativamente con la iluminación. El planteo lumínico se
basó
en la ya mencionado: Se buscó en todo momento "el protagonismo del vestuario" altamente colorido y por momentos delirante y anacrónico (quinto acto que retrocede en el tiempo hasta los esplendores del imperio mientras, en contraste, la aparición de los verdaderos inspectores con ropas de 1990) pone él énfasis en la actualidad del tema.
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.Lunes 16 de
Octubre de 2000 ISABEL CROCE
La puesta de Villanueva Cosse logra
unir
buen gusto, inteligencia y un refinado humorismo. Todos los aspectos técnicos han
sido
cuidados al máximo. La música es una de las protagonistas
fundamentales
de la pieza que asume una estructura coral donde los momentos son
señalizados
musicalmente y en su comienzo asume una imagen plástica
notable.
Hay un concienzudo trabajo de dirección sobre cada movimiento
actoral
que en algunos momentos asumen caracteres coreográficos.
El diseño de los distintos
planos
escenográficos es de un refinado gusto, excelente la
iluminación
y el vestuario creativo y bello. La puesta en escena de
Villanueva
Cosse revela una solidez creativa que permite todo tipo de licencias
verbales,
interpretativas o de vestuario que refuerzan en armonía
significados
y formas. Hay actuaciones que son realmente para destacar. Nos referimos a Claudio Rissi como el Director del Hospital que hace desternillar de risa a todos los presentes con su notable gestualidad, evocadora de lo mejor del cine mudo. Jorge Suárez en el amanerado pero nunca desbordado Jlopov; el francamente desopilante criado del Inspector, Osip personificado por Roberto Castro y una deliciosa e inolvidable María Antonovna: Lisette García Grau, actriz joven de gran futuro. Muy bien Verónica Cosse como la madre (ver escena de ambas vestidas iguales o asomadas a la ventana), Alfonso de Grazia y Francisco Nápoli. Gonzalo Urtizberea en un interesante trabajo gestual como Kusmich al igual que la criada de Gimena Riestra. Germán Salvatierra en el comienzo y el final logra una perfecta imagen plástica. Todo el elenco es un ejemplo de homogeneidad y funciona verdaderamente como un equipo afiatado. En síntesis, un Gogol aggiornado pero bien ruso y universal, con poder para significar hoy sin necesidad de golpes bajos o efectismos sin sentido. |
Miércoles 25 de octubre de 2000 OLGA COSENTINO
Cuando Nikolai
Gógol
estrenó El inspector (1836), la decadente sociedad rusa
y sobre
todo su clase política no estaban acostumbradas a verse
retratadas
públicamente. Mucho menos con un lenguaje realista que
denunciara
sin eufemismos la corrupción y la estupidez de sus funcionarios
y
burócratas. Eran otros tiempos.
A tal punto que el autor tuvo que irse de San Petersburgo tras el escándalo que desencadenó su sátira. La insolencia con que se desnudaba la inoperancia e inmoralidad de los gobernantes y la penuria de los gobernados había puesto incómodos a los primeros. Sin duda, eran otros tiempos. No obstante, la pequeña anécdota demuestra que nada cambió demasiado. Un joven petersburgués llega a un pueblo y los burócratas locales lo confunden con un inspector del gobierno central. Es atendido con obsecuencia, para comprar su silencio ante las pruebas de mala administración que irá descubriendo. El visitante —un tarambana ni lento ni escrupuloso— saca partido de la confusión. A más de un siglo y medio de su estreno, hoy El inspector es un clásico. Una obra de repertorio que es bueno volver a ver cada tanto, entre otras razones porque es un alarde de estructura dramática. Algo que la dirección de Villanueva Cosse respetó y valorizó con una cantidad de ingredientes visuales, musicales y de interpretación. El espectáculo mantiene el interés a lo largo de tres horas de función y de una cantidad de episodios costumbristas enlazados a la acción principal para develar abusos y mezquindades cotidianos. No agregan demasiado pero hacen brotar esa textura verosímil que tan bien manejaron los realistas rusos del siglo XIX. La escenografía (Tito Egurza) no intenta recrear los salones petersburgueses; sólo alude a esos ámbitos principescos con bastidores de tapicería adamascada. Deliberadamente más explícito, el vestuario (Daniela Taiana) define con lujo exhibicionista la ostentosa, grosera frivolidad de los personajes. La música de Edgardo Rudnitzky también hace intencionadas acotaciones que ilustran o dialogan con las situaciones. Estos lenguajes adyacentes a la actuación aportan sentido y completan un montaje en el que los detalles no son ociosos ni exteriores. Los más de 25 actores del elenco responden a una marcación cuidadosa, no sólo al servicio de la acción sino de la descripción de un carácter. Roberto Mosca, a pesar de su lograda performance como protagonista, no da el perfil de un joven tarambana y seductor. Pero, entre otros, el torpe director de escuelas que anima Jorge Suárez, el venal gobernador (Antonio Ugo) o la tonta de su hija (Lisette García Grau) son viñetas jugosas. Hacia ese registro de caricatura colorida y barroca fue llevado el realismo del texto. El recurso despegó la obra de la obviedad que pesa como lastre sobre un tema agotado. Porque son otros tiempos. |
Martes 17 de Octubre de 2000 Nina Cortese
Un Gógol tan cercano y actual que duele
Las obras de Nicolás Gógol, poeta, novelista y dramaturgo, revolucionaron al teatro ruso y la furiosa polémica entre conservadores y liberales que se desató en abril de 1836, en ocasión del estreno de «El inspector», derivó en un escándalo que fue zanjado por el emperador, que la defendió de sus atacantes. La pieza es una feroz denuncia de la venalidad de los funcionarios. Pero como para Gógol «los abusos no tienen origen en las deficiencias nacionales o históricas sino en el carácter mismo del hombre», lo que él hace, según sus propias palabras, es «poner un espejo frente al rostro de los hombres» y no es culpa del espejo si la imagen que devuelve es monstruosa o deforme. El autor no disfruta pintando la degradación, el suyo es un humor doloroso: el humor de un moralista que desearía cambiar el mundo. Su muerte testimonia este dolor: acosado por la desesperación, en febrero de 1852, se recluye en su lecho y deja de comer. Muere el 4 de marzo. Los más grandes actores y directores rusos han presentado la obra, que con el correr de los años sufrió innumerables modificaciones. Uno de los más recordados protagonistas fue Michael Chéjov. Jlestako, un petimetre de 23 años, atildado y carilindo, vago y tarambana, es tomado por un inspector por los funcionarios de una pequeña provincia. Y como todos tienen manejos que ocultar, lo adulan y lo llenan de coimas. No son mejores los pobres que le presentan reclamos (escena suprimida en esta ocasión). Gógol no comete el error de suponer que «los de abajo son mejores que los de arriba». Villanueva Cosse ha tenido la inteligencia de respetar el tiempo, el lugar y el estilo de la pieza, sin intentar aggiornarla y eso redunda en el excelente resultado de una puesta rica en hallazgos, vigorosa y funcional. El espectáculo dura casi tres horas, pero el interés no decae en ningún momento. Villanueva tampoco comete el error de permitir que sus actores se rían de sus personajes. Aunque ridículos, ellos se toman muy en serio. Y logran que sea el público quien se ría, aunque esa risa tenga un resabio doloroso. Porque aunque el director no cometa el desacierto de subrayarlo, la realidad que pinta la pieza es desdichadamente muy semejante a la nuestra. Aunque todo el elenco se desempeñe con acierto, hay tres trabajos que sobresalen sobre los demás. Jorge Suárez hace del Inspector de Escuelas un ser timorato y pervertido, afectado por una hemiplejia, que aterriza frecuentemente en el piso. Desopilante sin caer en la caricatura. Francisco Nápoli compone a un Director de Salud malévolo y desmesurado que parece sacado de «El diario de un loco». Muy buen trabajo. Y Lisette García Grau, como la estúpida del alcalde, saca buen partido de su pacata criatura sometida a la madre. La escenografía de Tito Egurza es excelente: soluciona los problemas que presenta la puesta, diferenciando los distintos espacios en los que se desarrolla la trama. Es atractivo y acertado el vestuario de Daniela Taiana y la música de Eduardo Rudnitzky subraya con precisión las diversas situaciones y responde al estilo de la pieza. |
Hilda Cabrera La corrupción, como una constante de la historia
”¿A cuánto ascienden sus urgencias?”, pregunta el funcionario al supuesto inspector llegado de San Petersburgo a una provincia de la Rusia zarista, cuyo gobernador se enorgullece de presionar y recibir regalos de comerciantes, banqueros y de cualquier otro individuo de su feudo dispuesto a que alguien cubra sus urgencias, a sobornar y ser sobornado. Vista así, la corrupción es una línea al infinito. No hay quién la quiebre, sobre todo porque en esta historia cada cual sabe cómo parapetarse tras las máscaras institucionales y mantener un siempre renovado “espíritu de cuerpo”. De manera que, ante el imprevisto que amenaza quebrar la bonanza burocrática, unos y otros superponen sus manos como si fueran juramentados y se interrogan con deliberado cinismo: “¿Somos una familia o una pandilla de delincuentes?”. Si bien El inspector, de Nikolai Gogol (1809-1852), transcurre en otro tiempo y lugar (la Rusia del zar Nicolás I), el director Villanueva Cosse logra imprimirle actualidad al poner en primer plano temas básicos como la corrupción y la estulticia. Sin ser despiadada, la crítica
enjuiciadora
desequilibra la superficial armonía de un sistema anquilosado.
En
tanto autor de la versión, Cosse va instalando de modo
subterráneo
esas situaciones de naturaleza perversa, equiparables en más de
un
aspecto a las que se suceden en la Argentina actual. Basta ver a los
protagonistas
de este equívoco apelar a una gestualidad mecánica
(¿acaso
porque no se le puede pedir ética a un autómata?) o
simular
una inocencia que no es sino un síntoma revelador de la
existencia
de grandes falacias y encubrimientos. Es fundamental en este punto el
ágil
ritmo impuesto a la obra, opción que atempera la extrema
ingenuidad
de algunos pasajes yla desproporcionada duración de esta puesta,
de
algo más de tres horas, incluido un intervalo. De todo esto
resulta
una versión esmerada y fresca de la sátira que Gogol
escribió
a los 27 años, Renovando códigos, algunos
tomados
de la pantomima y de la Commedia dell’Arte (popularizada en Europa a
través
de las compañías itinerantes italianas de los siglos XVI,
XVII
y XVIII), la versión presentada en la Sala Martín
Coronado
retrata sin pretensiones didácticas un lugar en el que empiezan
a
fallar los cimientos.
Pero, si bien es tremendo el susto de
los
que van a ser investigados, se presiente que éstos
recuperarán
pronto el status anterior. Como advierte uno de los personajes, esto
ocurrirá
siempre y cuando no hayan robado por encima de lo que le permite a cada
cual
su jerarquía. Es indudable que los implicados saben operar de
forma
solidaria: reorganizarse, reciclar el pasado y hacer de la
corrupción
un asunto atemporal que, en vez de fragmentar, amalgama.
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